En el corazón del desierto de Jordania se encuentra un portal.
La entrada a Petra no es solo una puerta. El Siq, un desfiladero estrecho de más de un kilómetro, está flanqueado por paredes de roca que parecen tener vida.
Sus capas en tonos rosados, rojizos y ocre se transforman con la luz frente a los ojos de los visitantes. Atravesar los muros de colores es como dar con una grieta del tiempo, en la que cada paso profundiza el silencio y el aire se carga de expectativa.
De pronto, después de una caminata entre la penumbra y los recodos, se abre un claro y aparece el Tesoro: Al-Khazneh, tallado en la roca con una precisión imposible.
No se trata de arquitectura, o por lo menos no solo de eso. Entre las vetas rosadas de la piedra arenisca y sus formas talladas en un tiempo fuera del tiempo, el Tesoro de Petra es un gesto de fortaleza ante el paso del tiempo en medio del desierto.
Una ciudad-oasis en el desierto
Petra fue la capital de los nabateos, un pueblo maestro en ingeniería hidráulica. Canalizaron el agua de las lluvias y manantiales construyendo depósitos y cisternas. De esta forma, hicieron posible la vida allí donde todo parece hostil e inhabitable.
Petra, entre el Mar Rojo y el Mar Muerto, entre la vida y la muerte, ente temblores y agua y golpes de arena. Con una dieta que incluía pescado en el desierto. Ovejas y cabras y cultivos. Fuentes y estanques excavados en piedra arenisca.
Una lucha contra la naturaleza y una ruptura de lo posible. Ciudad milagro.

Cuando Petra vivía y cuando Petra durmió
Petra fue también un núcleo vital en más de cinco rutas de caravanas que traficaban especias, incienso y sedas hacia otras ciudades. Las tasas impositivas de los nabateos eran enormes.
Gracias a estos productos de lujo que necesitaron de sus rutas, la ciudad prosperó y con ella, soberanos y mercaderes que se dedicaron a construir los edificios excavados en la piedra.
Poblada de construcciones palaciegas, hogares, negocios, templos y almacenes; con sus talleres y también sus espacios de esparcimiento público, Petra fue una ciudad que se caracterizó también por su constante bullicio. Una ciudad abierta para viajeros de otros lugares incluso entonces. Su ubicación podríía dar a entender que era un refugio oculto o una ciudad celosa de sí misma, pero no era así.
Con el paso de los siglos, el comercio cambió, los caminos se desplazaron, los terremotos se sucedieron, las inundaciones, asíí como las tormentas de arena. Petra quedó abandonada.
El desierto la cubrió como un cuerpo que se tumba sobre otro para protegerlo.
Sus ruinas no fueron “descubiertas” por Occidente hasta el siglo XIX, pero para las tribus locales siempre estuvo ahí, como un titán dormido.
Sin embargo, de la ciudad perdida se conoce aún hoy una porción muy pequeña. El resto de lo que Petra tiene para contar sigue en proceso de ser excavado de su cobijo natural.
El eco de lo sagrado
Petra es un anfiteatro natural de piedra y arena. Cuando se caminia por allí, cada fachada cuenta una historia.
Hay templos, tumbas reales que inmortalizan la competencia en vida de los reyes por la magnificencia en la muerte, competencia incluso con los dioses en su construcción de moradas para la posteridad, escaleras que suben hacia el cielo y caminos que parecen no llevar a ninguna parte.
El Monasterio, más alto y más solitario que el Tesoro, corona una ascensión que puede ser agotadora. Pero el camino merece la pena: es en sí mismo impresionante y sus vistas, imperdibles. Una vez allí, el viento del desierto lo envuelve todo y el cansancio se convierte en reverencia.
La ciudad parece hecha para perdurar y desaparecer al mismo tiempo.
Pisarla, como pisar cualquier cosa eterna, hace sentir el tiempo como un cuerpo vivo, colosal y superior, que nos conecta con un todo destinado a seguir en el mundo después de nuestro paso por él.
Un latido bajo la arena
Petra no es solo un sitio arqueológico: es un lugar que respira. Un lugar que bien podría haber emergido de un sueño, que invita a sus visitantes a perderse entre los paisajes que aparecen entre los cañones, sus edificios y sus vistas panorámicas.
El desierto la rodea como un mar inmóvil, y al atardecer las piedras se encienden en tonos que van del oro al carmesí. Las noches son frías y estrelladas, y a veces se ilumina con miles de velas para recibir a los visitantes.
En ese instante, parece que la ciudad entera se despierta y recuerda su nombre en mayúsculas.
Sabe lo mismo que nosotros: que es una de las siete maravillas de un mundo nuevo.
La experiencia de visitar Petra responde a eso que es el material que mantiene viva la literatura: es indecible. Al amanecer y al atardecer resplandece, mágica. Cada paso desnuda el descubrimiento de una maravilla. Detrás quedan las lógicas en las que vivimos sumergidos. Dentro, esa espiritualidad que escondemos como el desierto, como ese cuerpo que se posa sobre otro para protegerlo.
Muy interesante y de una belleza sin igual.tratare algún día de visitarlo.
Muchas gracias por dejarme ser parte de sus seguidores…
Petra ciudad eterna., construcción en piedra, para adentrarse en los misterios de el universo
Me encantaría visitarla!!
Muy interesante pero me quedan a deber fechas y fotos y otros datos relevantes, es un lugar impresionante y no quedé satisfecha con lo relatado. Gracias
Gracias por tu comentario, Marcela. Lo tendremos en cuenta para crear una galería en nuestras redes sociales 🙂
https://www.instagram.com/lyxplanet
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No come tan nada importante hasta parece anuncio para turistas, que pena
Esa construcción como la hicieron y el material residuo a dónde lo mandaron
Simplemente espectacular, una maravilla del mundo realizada con tecnología de otro!!
Saludos y Bendiciones.
Gracias por existir.