Hay pocas civilizaciones que nos causen más fascinación, aun a día de hoy, como la de los faraones del Antiguo Egipto. Una sociedad muy avanzada para su época, que dejó como legado no solo enormes pirámides, sino también un complejo sistema social, político e incluso religioso, en el que posteriormente se basarían otros credos importantes, incluido el propio cristianismo.
Los egipcios tenían una visión muy diferente de los dioses que poseen las religiones monoteístas actuales. No solo por ser una cultura politeísta, sino también por la forma en la que entendían la vida, y sobre todo, la muerte.
El famoso “Libro de los Muertos” es un concepto que siempre ha estado envuelto en un gran misterio.
Si bien se conocía su existencia desde hacía siglos, no fue hasta mediados del siglo XIX cuando se pudo no solo traducir, sino también darle forma unificada, tal y como lo entendemos ahora.
Porque, antes de esa fecha y del trabajo de Karl Lepsius, que analizó y estructuró las diferentes páginas encontradas en las tumbas y sarcófagos egipcios, el “Libro de los Muertos” no era más que una especie de ritual común personalizable para ayudar a los fallecidos en su viaje por el Más Allá.
El último viaje y el Juicio de Osiris
Una idea clave para comprender este “Libro de los Muertos” es que no era un libro como tal. De hecho, esa estructura que conocemos actualmente data de hace menos de dos siglos.
En realidad, el “Libro de los Muertos” incluye diferentes rezos, oraciones y consejos, en forma de sortilegios y conjuros, que permitirían ayudar al alma del fallecido en su viaje por el Más Allá.
Los egipcios creían firmemente en la vida después de la muerte, pero no era un camino precisamente sencillo. De hecho, estaba lleno de pruebas que el fallecido debía superar, entre ellas el gran Juicio del Corazón de Osiris, que determinaba si el alma del difunto merecía encontrar su sitio en el más allá.
Para ayudar con ese viaje, los familiares dejaban en la tumba del difunto distintos papiros con sortilegios y oraciones, que deberían servirle para llegar a ese último gran juicio.
El camino hacia Osiris se conocía como Duat y estaba lleno de obstáculos, como enfrentamientos con grandes bestias y criaturas terroríficas.
Los conjuros de esos papiros permitirían al fallecido apaciguar a dichas bestias, para poder seguir su camino sin mayores dificultades.
Tras un extenuante sendero por el que cruzaba escarpadas montañas y oscuras cavernas, el alma del difunto por fin llegaba a esa última gran prueba. Era el propio Anubis quien le conducía ante la presencia de Osiris.
El dios egipcio le preguntaba entonces al fallecido si había cometido alguno de los 42 pecados que figuraban en su lista, para considerarlo “justo”. Llegados a este punto, el difunto debía negarlo, incluso si había cometido dichos pecados. De hecho, algunos sortilegios incluidos en los papiros funerarios servían para “engañar” en cierta forma a Osiris.
Pero el dios no era un necio y tampoco se fiaba de la palabra de cualquier hombre. Por eso llevaba a cabo la prueba de pesaje del corazón.
Con el órgano vital del fallecido puesto en una balanza, la diosa Maat se encargaba de dictar el veredicto final, haciendo justicia. Si el peso del corazón equilibraba la balanza, el difunto podía encontrar su sitio en el idílico Más Allá. Si no lo hacía, sería presa de una cruel e insaciable bestia a la que llamaban Ammyt, la Devoradora.
Pero incluso en este punto, el “Libro de los Muertos” podía ser útil, ya que existían sortilegios que encantaban el corazón del fallecido para que pesase lo justo y equilibrara la balanza. Es por ello que se consideraba más útil tener estos conocimientos místicos que haber sido realmente una persona justa o virtuosa en vida.
El descubrimiento del Libro de los Muertos en la Modernidad
Toda esta información la conocemos gracias a la recopilación, traducción y puesta en común de esa serie de textos que se han ido encontrando en las tumbas egipcias en los últimos siglos.
El descubrimiento de la Piedra de Rosetta por las tropas napoleónicas en Egipto a finales del siglo XVIII supuso un punto de inflexión en la comprensión de este tipo de textos.
Así, en las primeras décadas del siglo XIX se fueron recuperando más papiros y se logró traducirlos, dando como resultado las primeras ediciones de lo que hoy conocemos como el “Libro Egipcio de los Muertos”.
El carácter funerario y ritual de estos textos era ampliamente conocido incluso antes de traducirlos. Al haber sido encontrados en tumbas y al contar con caracteres muy comunes en los ritos de paso al Más Allá, los estudiosos podían darles cierto contexto, pero no entenderlos por completo.
Fue Karl Richard Lepsius quien, en 1842, publicó una traducción de un conjunto de textos comunes funerarios, que denominó “Libro Egipcio de los Muertos”.
No solo se encargó de traducirlos, sino que también les dio una estructura, categorizando los hechizos y oraciones en diferentes capítulos, según su función en ese viaje por el Más Allá.
No existía un solo “Libro de los Muertos”, sino que también había diversas recopilaciones de estos textos.
Las familias más adineradas contaban con los compendios más grandes, esos que se tomaron luego como base para la creación del manuscrito actual. Estos textos sirvieron para entender mucho mejor la forma en la que los egipcios afrontaban su paso al Más Allá, y cómo de importantes eran la virtud y la justicia para ellos, siempre que no tuvieras de tu lado unos cuantos sortilegios.