Antes de que Leonardo DiCaprio la popularizara en el año 2000, Maya Bay era un lugar que pocos turistas conocían. Después de la película, se convirtió en una de las playas más buscadas del Sudeste Asiático. Y esa fama casi la destruyó.
En el pico del turismo masivo, más de 100 embarcaciones tradicionales tailandesas llegaban a diario a la orilla, destruyendo los arrecifes de coral poco profundos y ahuyentando a los tiburones que usaban la bahía como zona de caza y criadero.
El número de visitantes pasó de menos de 1.000 a entre 7.000 y 8.000 personas por día en el momento de mayor afluencia.
Las hélices de los barcos removían arena y sedimentos, que se depositaban sobre el coral, y las anclas golpeaban el fondo marino. Los turistas pisaban el arrecife sin ser conscientes, en su mayor parte, del daño que ocasionaban.
Según el biólogo marino Thon Thamrongnawasawat, de la Universidad Kasetsart de Tailandia, cuando se cerró la bahía solo quedaba un 8 % de cobertura de coral vivo, frente al 70 % que había tres décadas atrás. Fue precisamente Thon quien lideró la presión científica para que las autoridades actuaran.
Hoy en día, la imagen de Maya Bay dista mucho de las postales de saturación que recorrieron el mundo hace una década.
La decisión que nadie quería tomar
En junio de 2018, el Departamento de Parques Nacionales de Tailandia tomó una decisión que generó debate: cerrar Maya Bay por tiempo indefinido.
La bahía, situada en la isla de Ko Phi Phi Leh dentro del Parque Nacional Had Nopparat Tara-Mu Ko Phi Phi, quedó cerrada al turismo sin plazo de reapertura.
Lo que se había previsto como un cierre de pocos meses se extendió durante cuatro años, pues los equipos de restauración comprobaron que el daño era mucho mayor de lo esperado.
Junto con el cierre, el gobierno y los equipos científicos iniciaron un programa de trasplante de coral. Desde entonces, Thon y un equipo de expertos marinos y voluntarios trasplantaron más de 30.000 fragmentos de coral, en su mayor parte cultivados cerca de la isla de Koh Yung.
Alrededor del 50 % de ese coral trasplantado sobrevivió y, lentamente, comenzó a crecer y expandirse de forma autónoma.
El indicador más claro del éxito en la recuperación de Maya Bay es la presencia constante del tiburón de punta negra.
Durante los años de mayor presión turística, estos depredadores evitaron la zona debido al ruido de los motores y la turbidez del agua. Hoy en día, es posible observar grupos de ejemplares jóvenes patrullando las aguas poco profundas cerca de la orilla, lo que es una señal clara de que la cadena trófica se está restableciendo.
Además de los tiburones, el ecosistema ha recuperado otras especies.
Por ejemplo, los coloridos peces payaso y las damiselas han vuelto a los arrecifes, donde las anémonas se recuperan y proliferan. Asimismo, la presencia de cangrejos fantasma en la arena indica una reducción del tránsito de personas y una mejora en la calidad del sedimento.
Otro indicador de éxito es la presencia de especies de coral ramificado. Estas variedades, especialmente sensibles al contacto humano, presentan tasas de crecimiento constantes en las zonas donde el baño está prohibido.
No obstante, el proceso aún no ha terminado. En 2023, el porcentaje de coral vivo había crecido del 8 % inicial al 20-30 %, aunque el propio doctor Thon aclaró que alcanzar el 50 % de cobertura llevará entre 10 y 15 años.
De hecho, el biólogo estima que Maya Bay podría recuperar su estado de hace 50 años en unas dos décadas, siempre que las medidas de protección se mantengan.
Normativas estrictas para un futuro incierto
En enero de 2022, Maya Bay volvió a abrirse al público. Pero era una versión distinta de la que había existido antes del cierre.
El Departamento de Parques Nacionales limitó el acceso a 4.125 personas por día y prohibió nadar en la bahía para proteger el fondo marino y el coral en recuperación.
A su vez, los barcos ya no pueden entrar en la bahía. Los visitantes desembarcan en un muelle flotante construido al otro lado de la isla y acceden a pie por un sendero habilitado.
Desde 2022, la bahía cierra además dos meses al año (de agosto a septiembre, durante la temporada de monzones) para dar al ecosistema un tiempo de recuperación sin la presión turística. Durante ese período, los equipos de conservación vigilan la salud del arrecife, el crecimiento del coral y la actividad marina. Los visitantes pueden acercarse en embarcación para ver la bahía desde el agua, pero el acceso a la playa permanece suspendido.
La historia de Maya Bay demuestra que la degradación ambiental es reversible si existe voluntad política y rigor científico.
De hecho, su caso trascendió las islas Phi Phi. Inspiradas por los resultados positivos, otras islas cercanas a Phuket adoptaron medidas de conservación similares, como cierres temporales.
Pero bajar la guardia no es una opción. La fragilidad del coral ante el aumento de la temperatura del océano recuerda que la vigilancia debe ser permanente.
La playa ya no es un destino de turismo masivo, sino un recordatorio de lo que sucede cuando el ser humano decide, finalmente, apartarse para dejar que la vida recupere su lugar.
El arrecife aún no se ha recuperado del todo. Pero está vivo y eso, después de lo que se vio en 2018, ya es una historia que merece ser contada.