Hay lugares en el mundo en los que, solo con leer su nombre, ya puedes hacerte una idea de cómo son. Pero este no sería el caso de Oymyakon, que significa “agua que no se congela”.
Conocido como el pueblo más frío del mundo, en este rincón del este de Siberia, donde el nombre no podría estar más alejado de la realidad, todo se congela.
Sobrevivir a las condiciones climáticas extremas del norte de Rusia no es sencillo. Pero los habitantes del pueblo de Oymyakon parecen haberlo logrado, aunque no sin esfuerzo.
Así es la vida en el lugar habitado más frío del planeta. Un rincón remoto donde las casas de madera contrastan con el blanco inmaculado de la nieve.
¿Cómo sobreviven los habitantes de Oymyakon?
Oymyakon es un pueblo marcado por la supervivencia. Sobrevivir no es una opción; es una realidad.
Durante el largo invierno, que se extiende de octubre a mayo, todo lo que esté en contacto con el exterior puede morir si no cuenta con las medidas de protección adecuadas.
En Oymyakon, literalmente, todo se congela. En el año 1924, las temperaturas alcanzaron niveles inimaginables: – 72°C.
Si bien llegar a esos valores tan extremos no es moneda corriente todos los años, las personas que habitan este rincón de Siberia se han adaptado para sobrevivir a temperaturas a las que no todos estaríamos dispuestos (ni podríamos) a soportar.
Incluso los vehículos se ven afectados. Por debajo de -20 °C, los motores dejan de funcionar, por lo que deben guardarse en ambientes cálidos y reemplazarse por trineos o incluso por las mismas piernas.
Lo mismo aplica al resto de los insumos del hogar, desde el papel higiénico hasta los electrodomésticos. Nada ni nadie es ajeno al frío de Oymyakon.
Aquí el entorno, el clima y el aislamiento ponen a prueba el instinto de supervivencia. Múltiples capas de ropa hechas de materiales como piel, lana y tejidos térmicos, así como un sistema de calefacción central en los hogares, son las piedras angulares de la lucha contra la hipotermia.
A ello se suman medidas como la suspensión de las actividades escolares cuando la temperatura es inferior a -58 °C. Aunque la realidad es que nadie puede salir a la calle si se alcanzan estos valores. Y si lo hacen, solo puede ser durante unos 20 minutos. Pasada esta ventana de tiempo, la piel puede congelarse.
La alimentación también juega un rol clave. Te imaginarás que con este clima tan extremo no hay fruta ni verdura que sea capaz de crecer. Esto se traduce en una carencia de vitaminas y de antioxidantes.
Para compensarlo, los habitantes de Oymyakon siguen una dieta basada en proteínas animales, sobre todo las provenientes de carnes y pescados, como el sashimi siberiano, que ayudan a mantener el calor corporal.
Pero la naturaleza implacable también aporta su granito de arena mediante un recurso natural tan valioso como necesario para la supervivencia: las aguas termales. Incluso en los meses más gélidos del año, estos manantiales proveen agua caliente que les permite a los habitantes mantener sus hogares calientes, alimentarse y asearse sin morir congelados.
El frío extremo también afecta la vida laboral de los pobladores de Oymyakon. Las personas aquí trabajan, en su mayoría, en minas de oro y antimonio cercanas, en turnos laborales cortos que minimizan la exposición al frío. Este trabajo es fundamental para la generación de energías renovables, por lo que la labor de los empleados de las minas es vital.
Oymyakon no solo es una muestra clara de supervivencia, sino también de vida en comunidad y de resiliencia. Porque las aproximadamente 1.000 personas que viven allí no podrían haber sobrevivido si no fuese por el trabajo en conjunto y la solidaridad.
Vivir aquí es la prueba máxima de lo que la adaptabilidad y la comunidad pueden lograr frente a la naturaleza más hostil.

Otras curiosidades sobre la vida Oymyakon
En Oymyakon no hay cañerías tradicionales porque el frío extremo congelaría el sistema. La mayoría de los hogares se abastece de agua extrayéndola manualmente de pozos o rompiendo bloques de hielo del río.
Luego, la guarda en bidones dentro de los hogares y espera a que se vaya derritiendo. Eso implica que lavarse, cocinar o simplemente tirar el retrete resulta mucho más complicado de lo que estamos acostumbrados.
En el centro del pueblo hay un monumento con forma de termómetro que marca el récord de la temperatura más baja registrada: –71.2 °C en 1924. Es uno de los pocos lugares del mundo donde se presume con orgullo ese tipo de marca.
Los niños en Oymyakon son criados para resistir el frío desde pequeños. Desde muy temprana edad, son expuestos al frío progresivamente para desarrollar tolerancia. Es habitual que jueguen al aire libre, con temperaturas por debajo de cero, y que aprendan prácticas de supervivencia básicas, como encender fogatas o identificar signos de congelamiento.
¿Hay turistas en Oymyakon? Aunque no lo creas, sí. Después de todo, la curiosidad mueve a muchas personas que desean conocer cómo se vive en este rincón del planeta. Pero ojo, si se te ocurre vivir esta pequeña aventura, cuida de tus dispositivos electrónicos. Si sacas tu teléfono para tomar una foto, se apagará al instante.
Las baterías no resisten temperaturas por debajo de cero y es común que los aparatos electrónicos mueran en cuestión de segundos. Por eso, los fotógrafos que viajan a documentar Oymyakon usan cámaras con baterías externas o calentadores portátiles.
Si Oymyakon te parece fascinante, espera a leer esto: el pueblo está conectado al resto del mundo por una ruta conocida como “la carretera de los huesos”. ¿La razón? Fue construida por prisioneros del Gulag soviético, muchos de los cuales murieron durante el proceso y fueron enterrados bajo el asfalto.
Un dato sombrío que suma aun más dramatismo al aislamiento de este rincón helado. Aunque hay más.
¿Y qué pasa con los muertos?
Los desafíos de vivir en Oymyakon se trasladan a una esfera más allá de la vida humana: la muerte.
En un suelo que puede congelarse hasta los tres metros de profundidad, enterrar a los fallecidos no es una tarea sencilla. De hecho, no se puede cavar una tumba de inmediato porque la tierra es tan dura como la piedra.
Cuando alguien muere en Oymyakon, los cuerpos deben permanecer congelados durante varios días mientras se preparan las condiciones para el entierro.
¿Cómo lo hacen? Primero, encienden hogueras en la zona elegida para ablandar el terreno. Luego, se remueve la capa superior con hachas y se repite el proceso varias veces hasta que logran excavar lo suficiente. Así, completar una tumba puede llevar hasta tres días.
Más que una curiosidad, es una realidad cotidiana que muestra hasta qué punto el frío extremo condiciona la vida… y también la muerte de los pobladores de Oymyakon.
