El desierto de Taklamakan, una de las extensiones de arena más áridas y hostiles del mundo, ha dejado de ser una fuente de emisiones de carbono para convertirse en un sumidero de CO2 funcional. Un estudio reciente dirigido por la Universidad de California, Riverside (UCR), atribuye este cambio a la estrategia de reforestación masiva de China, conocida como la “Gran Muralla Verde”.
En 2024, el Gobierno chino completó un cinturón forestal de 3.046 kilómetros que recorre todo el perímetro del desierto. Esta barrera, compuesta por miles de millones de árboles y arbustos resistentes a la sequía, busca frenar el avance de las dunas hacia las tierras de cultivo y mitigar las tormentas de arena que afectan incluso a Pekín, a miles de kilómetros de distancia.
La investigación, publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, utilizó datos satelitales para analizar la fotosíntesis mediante la fluorescencia solar inducida.
Los resultados indican que, entre 2004 y 2017, el Taklamakan absorbió una media de 8,3 millones de toneladas de dióxido de carbono al año, frente a los 6,7 millones que liberó. Este balance positivo de 1,6 millones de toneladas anuales demuestra que la intervención humana puede alterar el ciclo del carbono en paisajes extremos.
King-Fai Li, físico atmosférico de la UCR, señala que este ecosistema de matorrales no es una selva tropical. Aun así, su capacidad para retener gases de efecto invernadero de forma constante es un hecho verificable y significativo para el equilibrio regional.
El mecanismo de captura en el “Lugar sin retorno”
El éxito de este proyecto radica en la selección de especies vegetales que sobreviven en el “Mar de la Muerte”, nombre popular del Taklamakan por sus dunas móviles y la escasez de agua.
Además de la actividad biológica de las plantas, estudios complementarios sugieren que la propia arena del desierto podría estar reteniendo pequeñas cantidades de CO2 mediante procesos físicos de dilatación y contracción térmicos.
El programa de Bosques Protectores de las Tres Regiones del Norte, iniciado en 1978, representa el mayor esfuerzo de reforestación del planeta. Al introducir vegetación en los bordes de los desiertos de Gobi y Taklamakan, China intenta estabilizar una frontera ecológica que históricamente ha amenazado la seguridad alimentaria y la calidad del aire de sus provincias del norte.
A pesar de los resultados positivos en Xinjiang, la comunidad científica se muestra cauta respecto al alcance global de estas medidas. La reforestación de zonas áridas es una herramienta útil para mitigar el cambio climático local y mejorar la biodiversidad, pero no sustituye la necesidad de reducir el uso de combustibles fósiles a escala mundial.
En todo caso, la experiencia en el Taklamakan aporta datos fundamentales sobre cuánta biomasa puede sostener un desierto bajo condiciones controladas.
La Gran Muralla Verde de China representa un hito para la ingeniería ambiental en uno de los entornos de clima más inestables de la Tierra, y arroja luz sobre la resiliencia de paisajes que antes se consideraban irrecuperables.
