Durante casi 500 años, casi todos crecimos mirando el mismo mapa del mundo sin cuestionarlo demasiado.
El 4 de septiembre de 2026, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió que había llegado el momento de revisarlo.
La ONU votó a favor de promover un nuevo mapa mundial que representa el tamaño real de los continentes, después de que naciones africanas insistieran en que el mapa tradicional los venía representando más pequeños de lo que son.
El resultado fue contundente: 164 votos a favor, 6 abstenciones y un solo voto en contra: el de Estados Unidos.
Qué votó exactamente la Asamblea General
La resolución se llama “Corregir el mapa” y no obliga legalmente a ningún país ni organismo a hacer nada.
Lo que hace es invitar a gobiernos, escuelas y empresas tecnológicas a considerar la sustitución del mapa Mercator, el más usado en libros de texto, atlas y plataformas digitales desde hace siglos, por proyecciones que respeten mejor el tamaño relativo de cada continente.
Entre esas alternativas, el texto menciona específicamente el mapa Equal Earth, publicado en 2018.
La iniciativa no surgió de la nada. La Unión Africana adoptó formalmente el mapa Equal Earth en marzo de 2026, y en abril le pidió a Togo que liderara una campaña para llevar esa misma discusión a la ONU.
Detrás de la iniciativa hubo también una petición ciudadana en la plataforma Change.org, bajo el lema #CorrectTheMap, que reunió unas 11.000 firmas antes de la votación.
El problema matemático detrás del mapa que todos conocemos
El mapa Mercator no nació con una intención ideológica.
Lo diseñó el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator en 1569, con un objetivo muy concreto: que los navegantes pudieran trazar rutas de compás en línea recta sobre una superficie plana.
Para lograrlo, Mercator sacrificó la precisión del tamaño de cada territorio a cambio de conservar los ángulos y las direcciones exactas, algo esencial para la navegación de la época.
Ese sacrificio matemático tiene un efecto colateral que se agrava cuanto más lejos del ecuador está un territorio. Las regiones cercanas a los polos aparecen mucho más grandes de lo que son en realidad, mientras que las zonas ecuatoriales, donde se concentra buena parte de África, América Latina y el sudeste asiático, quedan visualmente reducidas.
El ejemplo más citado es el de Groenlandia, que en un mapa Mercator parece casi del tamaño de toda África. En la realidad, el continente africano es catorce veces más grande que Groenlandia.

Esta no es la primera vez que se discute esto
El debate sobre qué mapa “es el correcto” tiene casi cincuenta años de historia.
En 1974, el historiador alemán Arno Peters presentó una proyección que garantizaba áreas proporcionalmente exactas, aunque distorsionaba bastante las formas de los continentes.
Poco después se supo que esa misma proyección ya la había descrito, casi de forma idéntica, el cartógrafo escocés James Gall en el siglo XIX, por lo que hoy se la conoce como proyección Gall-Peters.
Peters presentó su mapa con un argumento explícitamente político: sostuvo que el Mercator sobrevaloraba a las potencias coloniales y distorsionaba la imagen del mundo a su favor.
La comunidad cartográfica reaccionó con bastante escepticismo y varios especialistas acusaron a Peters de haber reciclado una idea ajena con fines de autopromoción.
Aun así, organismos como la Unesco, Unicef y Oxfam adoptaron su mapa en distintos materiales, y la controversia llegó incluso a la televisión. Un episodio de la serie The West Wing, emitido en 2001, dramatizó la reivindicación de un grupo ficticio que pedía sustituir el Mercator por el Gall-Peters en las escuelas estadounidenses.
En 2017, la red de centros públicos de Boston se convirtió en el primer distrito escolar de Estados Unidos en adoptar oficialmente el Gall-Peters en sus aulas, como parte de un esfuerzo declarado por revisar el plan de estudios desde una mirada menos eurocéntrica.
Equal Earth, la alternativa que ahora respalda la ONU
El mapa que promueve la nueva resolución de la ONU no es el Gall-Peters, sino uno más reciente.
Equal Earth fue creado en 2018 por los cartógrafos Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny, con un objetivo explícito: conservar la precisión de áreas del Gall-Peters, pero corrigiendo la distorsión de formas que tanto había criticado la comunidad cartográfica durante décadas.
El resultado es una proyección que muestra el tamaño relativo real de los continentes sin las siluetas alargadas y poco naturales que caracterizaban a su predecesor.
Por qué Estados Unidos votó en contra
La representante estadounidense ante la ONU fue la única voz que rechazó públicamente la resolución durante la votación.
Argumentó que el organismo debería concentrarse en asuntos de paz y prosperidad internacional en lugar de discutir proyectos cartográficos del siglo XVI, y calificó la iniciativa como parte de una agenda que, según su postura, erosiona la credibilidad de la ONU.
Por su parte, el ministro de Exteriores togolés, Robert Dussey, defendió la resolución señalando que ningún mapa es neutral, ya que moldea desde temprana edad la manera en que las personas entienden el lugar de cada pueblo y cada continente en el mundo.
La comisionada de la Unión Africana, Amma Twum-Amoah, había planteado meses antes que África exige ser vista a su escala real, tanto geográfica como histórica y cultural.
Qué cambia realmente a partir de ahora
En términos prácticos, no demasiado, al menos de forma inmediata.
Al tratarse de una resolución no vinculante, ningún gobierno, escuela ni empresa tecnológica está obligado a sustituir el Mercator por el Equal Earth, ni tampoco se prohíbe seguir usando el mapa tradicional.
Lo que sí logra la votación es instalar el tema en la agenda oficial de la ONU y darle un respaldo institucional formal a una reivindicación que, hasta ahora, circulaba sobre todo entre especialistas en cartografía y campañas de sensibilización.
Que las escuelas, los medios y las plataformas digitales adopten o no esta nueva proyección en los próximos años dependerá, como suele pasar con este tipo de resoluciones simbólicas, de decisiones puntuales de cada país e institución, más que de un mandato global.
Lo que sí queda claro, medio milenio después de que Mercator dibujara su primer mapa, es que la forma en que representamos el mundo sigue sin ser un asunto meramente técnico.













