Descenso al Mictlán
Los cerros que se encuentran
“…en medio de dos sierras que están encontrándose una con otra.”Sahagún, libro III
El camino que guarda la serpiente
El lugar del lagarto verde
Los ocho páramos
Los ocho collados
El viento de obsidiana
“Dicen que mucho se sufre, todo se lo lleva el viento.”Texto náhuatl del Códice Florentino (trad. UNAM)
El río Chiconahuapan
Ante Mictlantecuhtli
Chicunamictlan
Otra versión del camino
Según la Leyenda de los Soles, uno de los pocos mitos sobre la creación que los propios mexicas dejaron por escrito, la humanidad actual nació de unos huesos robados. El mundo ha pasado por varias eras o “soles”. Cuatro humanidades fueron creadas y destruidas y la actual vive bajo el Quinto Sol.
Cuando el mundo anterior se extinguió, sus restos quedaron en el Mictlán (“lugar de los muertos” en náhuatl), bajo la custodia del señor y la señora de los muertos. Quetzalcóatl (dios creador del mundo y de la humanidad) bajó a buscarlos. “He venido por los huesos preciosos que tú guardas”, le dijo, según la traducción del manuscrito náhuatl.
Mictlantecuhtli, que gobernaba el inframundo mexica, aceptó a cambio de que Quetzalcóatl hiciera sonar un caracol. El caracol no tenía agujeros que pudieran ayudar a producir sonido, así que Quetzalcóatl llamó a los gusanos para que lo perforaran y a las abejas para que, desde dentro, lo hicieran sonar.
El señor de los muertos se arrepintió de su trato, así que mandó cavar un hoyo en el camino de salida. Quetzalcóatl cayó en él y quedó aparentemente muerto. Los huesos se esparcieron por el suelo.
Más tarde, el dios Quetzalcóatl volvió en sí, recogió los restos y los llevó a Tamoanchan. Allí la diosa Cihuacóatl los molió y los depositó en un recipiente. El dios derramó sobre ellos su propia sangre y de esa mezcla nacieron los hombres y las mujeres del Quinto Sol.
Para los antiguos nahuas, los huesos de los muertos no eran solo restos. Eran la materia de la que estaba hecha la vida.
Este podría ser el origen del Día de Muertos. La historia, sin embargo, es más enrevesada.
Muerte y reencarnación
En la cosmovisión mexica, el destino de un muerto no dependía de cómo había vivido, sino de cómo había muerto.
Quienes morían ahogados, por un rayo o por enfermedades ligadas al agua iban al Tlalocan, el paraíso de Tláloc, un lugar de reposo y abundancia. Los guerreros caídos en combate, los cautivos sacrificados y las mujeres muertas en el parto acompañaban al Sol.
Según las crónicas, al cabo de cuatro años volvían al mundo convertidos en aves de plumas de colores.
Los niños pequeños tenían su propio lugar. El Códice Florentino cuenta que no iban a la fría región de los muertos. Iban a la casa de Tonacatecuhtli, junto al Chichihuacuauhco, un árbol que los amamantaba.
Allí esperaban el momento de volver a nacer, cuando la humanidad presente se extinguiera. La muerte, también aquí, era una espera antes de otra vida.
Esa distinción entre niños y adultos reaparece en el calendario de fiestas y, siglos después, en el reparto actual entre el 1 y el 2 de noviembre.
Las fiestas del Día de los Muertos antes de 1521
Los mexicas medían el año solar en 18 periodos de 20 días, las veintenas del xiuhpohualli. Dos de esas veintenas estaban dedicadas a los muertos.
La primera era el Miccailhuitontli, la fiesta pequeña de los muertos, asociada a los niños. La segunda, el Hueymiccailhuitl, dedicada a los adultos. Ambas tenían lugar en pleno verano, entre los meses de julio y septiembre, según la correlación con el calendario cristiano.
Estas costumbres llegaron a nuestros días principalmente a través de dos frailes del siglo XVI: el franciscano Bernardino de Sahagún y el dominico Diego Durán. Sus relatos son valiosos, pero también problemáticos, ya que fueron escritos por evangelizadores tras la conquista española.
Según los escritos de los frailes, en la gran fiesta mexica de los muertos se cortaba un árbol, el xócotl, que se erigía en un lugar especial adornado con papel. En lo alto se colocaba una figura. Había ritos de danza con plumas y cascabeles, sacrificios humanos y grandes comidas, con tamales rellenos de guajolote o de carne de perro. Al final, los jóvenes trepaban al tronco para alcanzar la figura y el árbol se derribaba.
También eran fiestas ligadas a la agricultura, con ofrendas para propiciar las cosechas. La relación entre los muertos y el maíz, entre lo que se entierra y lo que brota, aparece una y otra vez en el pensamiento mesoamericano.
La influencia europea
Al otro lado del Atlántico, la Iglesia había construido su propio calendario de los muertos.
El primer paso se dio en Roma. En 609 o 610, el papa Bonifacio IV consagró el Panteón, el antiguo templo de todos los dioses romanos, a la Virgen y a todos los mártires, con un aniversario el 13 de mayo.
En el siglo VIII, Gregorio III dedicó una capilla de la basílica de San Pedro a todos los santos y fijó su fiesta en el 1 de noviembre. Gregorio IV la extendió a toda la Iglesia en el siglo IX.
El segundo paso se dio en Borgoña. En 998, Odilón, abad de Cluny, ordenó que los monasterios dependientes de la abadía dedicaran el 2 de noviembre a la oración, al ayuno y a la misa por todos los difuntos.
La lógica era teológica. El 1 de noviembre se celebraba a quienes ya estaban en el cielo; el 2 se rezaba por quienes aún aguardaban en el purgatorio.
Ese fue el calendario que viajó en los barcos.
Cuando dos calendarios se encontraron
Tenochtitlan cayó en 1521. La evangelización que siguió fue sistemática.
Las fiestas de verano dedicadas a los muertos desaparecieron del calendario oficial indígena. Lo que ocurrió después es información difusa. Una teoría sostiene que los pueblos indígenas trasladaron sus ritos a noviembre para que parecieran fiestas católicas. Otros historiadores describen un proceso lento, de tres siglos de dominio colonial, en el que la Iglesia toleró y se adaptó a las costumbres locales.
En el altar actual conviven materiales de ambos mundos. De origen mesoamericano tenemos el cempasúchil, cuyo nombre náhuatl, cempoalxóchitl, significa “20 flores”; y el copal, el maíz, los tamales y el perro que guía a los muertos.
De origen europeo contamos con la cruz, los santos, la idea del purgatorio y la propia fecha.
¿Cuál es el verdadero origen del Día de Muertos?
Durante buena parte del siglo XX, la versión dominante presentó el Día de Muertos como una herencia prehispánica que había sobrevivido bajo un barniz católico.
Sin embargo, el altar, las calaveras de azúcar y el pan de muerto parecen provenir del medievo europeo católico. La costumbre de velar a los seres queridos en el más allá, en los panteones, sería reciente.
En 2003, la UNESCO proclamó la fiesta indígena dedicada a los muertos como obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad y, en 2008, la inscribió en su Lista Representativa. Su descripción evita elegir bando. Habla de una fusión entre ritos prehispánicos y fiestas católicas, y la sitúa al final del ciclo anual del maíz.
Eso sí, cabe destacar que no existe un único Día de Muertos.
En la península de Yucatán se llama Hanal Pixán, “comida de las ánimas” en maya, y su plato central es el mucbipollo o pib, cocinado bajo tierra.
En la Huasteca es el Xantolo, con arcos cubiertos de cempasúchil. En Michoacán, las comunidades purépechas pasan la noche junto a las tumbas, a orillas del lago de Pátzcuaro.

La fiesta, además, sigue evolucionando. El gran desfile de Día de Muertos de la Ciudad de México se celebra solo desde 2016, inspirado en la película de James Bond “Spectre”. Cada generación ha aportado algo propio.
Los huesos preciosos de la Leyenda de los Soles
En la Leyenda de los Soles, el señor del Mictlán no quería soltar los huesos. Quetzalcóatl mandó decir que los devolvería, pero se los llevó para siempre.
Cada noviembre, en todo México, las familias hacen el gesto inverso. Limpian las tumbas, encienden copal, trazan con pétalos naranjas un camino desde la puerta hasta el altar e invitan a sus muertos a volver por unas horas.














