A 2325 metros sobre el nivel del mar, en el sur del Perú, la ciudad de Arequipa se asienta en un valle rodeado por tres volcanes: el Misti (activo), el Chachani y el Pichu Pichu.
El centro histórico, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco en 2000, destaca por el uso predominante del sillar, una piedra de origen volcánico producto de las erupciones y de los depósitos piroclásticos que recubrieron la cuenca del río Chili milenios atrás.
El material, una ignimbrita blanca y porosa extraída de las canteras de Añashuayco, le valió a la urbe el apodo histórico de “la Ciudad Blanca”.
Más allá del color de sus muros, la roca ofreció una respuesta sismorresistente frente a los terremotos que han azotado la región desde la fundación española de la ciudad, en 1540, lo que ha permitido conservar su estilo barroco andino.
Hoy, Arequipa se presenta como una joya turística del sur del Perú, un destino por el que da gusto perderse y con atractivos naturales a su alrededor que bien merecen una visita, como el cañón del Colca. Custodiada por volcanes, la Ciudad Blanca es una excusa más para viajar a este país andino que tanto ofrece al viajero.
Los volcanes de Arequipa: la presencia geológica del Misti y el Chachani
El paisaje urbano de Arequipa está condicionado por la silueta simétrica del volcán Misti, un estratovolcán de 5822 metros de altitud cuya cumbre se sitúa a 17 kilómetros del centro de la ciudad.
El Instituto Geofísico del Perú (IGP) vigila su actividad de forma permanente debido al riesgo que representa para los más de un millón de habitantes asentados a sus pies.
Las erupciones históricas registradas desde la época incaica en el siglo XV no solo convirtieron el volcán en una amenaza, sino que fertilizaron los suelos agrícolas de la campiña con sus cenizas, lo que favoreció el desarrollo de terrazas de cultivo que capturaban la humedad del valle.
Junto al Misti se alza el macizo del Chachani, que alcanza los 6057 metros de altitud. A pesar de su elevación, el Chachani presenta una pendiente accesible que lo convierte en uno de los picos de seis mil metros más transitados por expediciones de alta montaña en Sudamérica.
Las sucesivas erupciones y los flujos piroclásticos emitidos por este complejo volcánico durante el Pleistoceno generaron las capas más densas de ignimbrita que hoy se explotan a cielo abierto en las quebradas de Añashuayco y Seco.
La porosidad de la piedra extraída de sus laderas le otorga una propiedad aislante frente a las amplitudes térmicas del desierto andino, lo que mantiene el interior de las estructuras fresco durante el día y cálido durante la noche.
En un entorno desértico pobre en madera, los constructores coloniales recurrieron a estos depósitos volcánicos tras comprobar que los sismos de 1582 y 1600 habían derribado las construcciones tradicionales de adobe.
La facilidad con que se labra el sillar de las laderas del Chachani y del Misti permitió levantar muros de hasta metro y medio de espesor y bóvedas de cañón capaces de absorber los sismos generados por la subducción de la placa de Nazca. Asimismo, el deshielo de estos picos alimenta los acuíferos que nutren el río Chili, lo que garantiza el agua en una región árida.

Arquitectura de sillar: de los conventos a la plaza de Armas
El uso del sillar no se limitó a las viviendas particulares, sino que definió los monumentos religiosos y civiles construidos entre los siglos XVI y XIX.
La basílica catedral de Arequipa ocupa todo un costado de la plaza de Armas y luce una fachada de 70 columnas esculpidas en ignimbrita blanca y dos torres reconstruidas tras el sismo de 2001.
A pocos metros de la plaza se ubica el monasterio de Santa Catalina de Siena, una ciudadela de claustros cerrados fundada en 1579 que abarca 20 000 metros cuadrados. El complejo funciona como un laberinto urbano de callejuelas empedradas, muros pintados en tonos azul cobalto y rojo óxido, y celdas donde vivieron en clausura estricta cientos de monjas dominicas durante casi cuatro siglos.
Entre las casonas señoriales del casco histórico destaca la Casa del Moral, levantada a finales del siglo XVIII. Esta residencia, que debe su nombre al moral centenario de su patio principal, constituye uno de los ejemplos más representativos de la arquitectura civil en sillar. Su portada muestra un relieve barroco labrado en la piedra donde conviven blasones españoles, pumas andinos y motivos botánicos locales.
En el Museo Santuarios Andinos se conserva el cuerpo de Juanita, conocida como la Dama de Ampato. Sacrificada en un ritual hacia 1450, esta niña inca de 14 años fue hallada congelada en 1995 cerca de la cumbre del volcán Ampato, a más de 6300 metros de altitud, junto a sus ofrendas textiles y cerámicas.
Canteras activas y la puerta al cañón del Colca
La tradición de los maestros canteros continúa activa en las afueras del casco urbano.
En las quebradas de Añashuayco, los trabajadores extraen y tallan a golpe de mazo los bloques de ignimbrita que aún se utilizan en la restauración de los edificios coloniales y mantienen vivo un oficio artesanal transmitido de generación en generación.
Arequipa es, además, la puerta de acceso terrestre al cañón del Colca. Se trata de uno de los desfiladeros más profundos de la Tierra, con una hendidura que supera los 3400 metros desde sus crestas hasta el cauce del río.
Desde sus miradores se observa una de las poblaciones más estables de cóndor andino (Vultur gryphus), que aprovecha las corrientes térmicas ascendentes del cañón para sobrevolar el valle.

El equilibrio entre el magma y la piedra
La existencia de Arequipa es el resultado de un pacto continuo con la geología activa de los Andes peruanos. La misma materia volcánica que representa una amenaza latente es la que provee la piedra para sus arcos, bóvedas y fachadas.
Las calles de la ciudad recuerdan en cada esquina que la civilización andina aprendió a habitar el territorio moldeando las cenizas del desierto y levantando un paisaje urbano de piedra clara al pie de las montañas.













