A finales de los años 90, cuando el cine de terror intentaba recuperarse de una de las peores décadas de su historia con títulos livianos como “Scream” o “Sé lo que hiciste el último verano”, una nueva tendencia llegó desde Oriente para cambiarlo todo.
El estreno de “Ringu”, del director japonés Hideo Nakata, revolucionó por completo el panorama mundial con un nuevo estilo para provocar pánico en las salas.
“Ringu” triunfó en el Festival de Sitges, el más prestigioso a nivel mundial para los entendidos en horror y ciencia ficción, y luego destacó en la taquilla. Pero hizo algo mucho más importante: abrir la puerta de Occidente al J-Horror.
El terror japonés se apoderó de la taquilla, con títulos como “Dark Water”, “The Eye” o “The Grudge”, que reproducían un estilo relativamente hollywoodiense, pero valiéndose de las tradiciones y singularidades niponas.
La protagonista de “Ringu”, por ejemplo, era una joven de largo pelo negro, que aparecía en un vídeo supuestamente maldito. Todo el que veía aquel vídeo terminaba muriendo en siete días, por culpa de la maldición de Sadako, que emergía de la pantalla convertida no en un fantasma cualquiera, sino en un onryo. Un espectro femenino que busca venganza por todo el sufrimiento que tuvo que soportar antes de su muerte.
Hoy vamos a centrarnos en esa misteriosa figura del folclore japonés para entender cómo el onryo se ha convertido en una de las referencias más importantes del terror moderno, a pesar de que lleva siglos ya protagonizando pequeños cuentos de fantasmas en Japón.
La venganza vence a la muerte
En la tradición japonesa, los fantasmas se conocen como yurei. Digamos que en este término general se engloban todos los espectros del folclore nipón.
A diferencia de lo que suele ocurrir en Occidente, Japón tiene una enorme variedad de presencias y espectros en su mundo fantasmal.
Los yurei representan a los espíritus de personas fallecidas, pero aparte están también los yokai, que serían más bien entidades sobrenaturales, similares a los demonios, sin relación directa con el ser humano.
Una vez que conocemos a los yurei, nos damos cuenta de que hay decenas de categorías fantasmales dentro de este término.
El onryo es uno de los espectros más reconocibles, especialmente gracias a la popularidad que ha cobrado en el cine de terror japonés de los últimos años. Se trata de un fantasma vengativo, capaz de volver del más allá para ajustar cuentas con quienes le han hecho daño en vida.
Aunque existen los onryo masculinos, especialmente en el teatro kabuki, la representación más habitual de estos fantasmas es la de una mujer, de pelo largo y oscuro, ataviada con un vestido blanco, que en muchas ocasiones hace las veces de mortaja.
Un punto muy interesante es que esta apariencia proviene del teatro kabuki, muy popular en el periodo Edo, donde las historias de fantasmas se representaban con frecuencia.
El onryo regresa del más allá para cobrar su venganza contra sus asesinos, o sencillamente, contra todo aquel que le haya causado daño en vida.
Ese ajuste de cuentas es el verdadero motor del espectro, lo que le hace permanecer también en contacto con nuestro mundo físico, enlazando con la célebre idea de los “asuntos pendientes” que provocan que muchas almas no puedan pasar al otro lado y se queden en nuestro mundo.
El onryo puede infligir daño real a sus víctimas, tanto físico como mental, y, en muchos casos, disfruta torturándolas y llevándolas a una muerte cruel que, desde su perspectiva, es un acto de pura justicia.
Sadako y los onryo en la gran pantalla
El estreno de “Ringu” a nivel mundial provocó una gran expectación ante el nuevo cine de terror que llegaba de Japón.
Si bien anteriormente algunas películas ya habían llamado la atención, e incluso el indiscutible genio de Akira Kurosawa había realizado su propia “película de fantasmas”, lo que ocurrió a principios de los 2000 era otra cosa. Una auténtica oleada de terror japonés, que luego se extendió a otros países en Asia, como Corea del Sur, Hong Kong o Tailandia.
Pero, ¿qué tenían de especial películas como “Ringu”, “La Maldición” o “The Eye”? Era la forma en que los japoneses entendían el terror, mucho más espiritual y, a la vez, grotesca. Cómo sus historias de fantasmas se enlazaban con eventos de la vida cotidiana, de una manera tan directa que asustaba solo pensarlo.
El fantasma japonés no habita una casa maldita, aunque a veces esto también se da. Es un espectro que te persigue y te lleva a la locura solo por cruzarte en su camino, por atreverte a romper con una regla no escrita, por saltarte las normas. Hay un punto muy importante de moraleja y de advertencia en este tipo de historias.
Sadako, la protagonista de “Ringu”, se convirtió en todo un fenómeno de masas y logró incluso entrar en ese selecto club de villanos inolvidables del cine de terror, casi a la misma altura que Jason Voorhees o Freddy Krueger.
La fascinación por los fantasmas japoneses continuó extendiéndose más allá de la gran pantalla. En novelas, series de televisión y, sobre todo, en videojuegos, este arquetipo se ha vuelto enormemente popular.
El último título de la saga Silent Hill, por ejemplo, nos lleva a Japón en una historia que bien podría haber servido de guion para alguna de estas películas de finales de los 90.
Con la interactividad del videojuego, el terror adquiere una nueva dimensión.El onryo puede estar esperándonos en cualquier lugar, agazapado, en busca de su venganza, por el medio que sea.
