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ToggleLas rutas de senderismo en volcanes activos ofrecen algo que pocos paisajes pueden igualar: la posibilidad de caminar sobre corteza terrestre que todavía respira.
Estos cinco volcanes (repartidos entre África, Asia, Oceanía y América) tienen en común que sus senderos siguen siendo, en su mayoría, desconocidos para el turismo masivo. Sus cráteres, su geología y sus condiciones los convierten en destinos para quienes buscan algo más que una cima.
1- Nyiragongo, República Democrática del Congo: dormir sobre el lago de lava más grande del mundo
Hay volcanes que impresionan por su tamaño o historia. El Nyiragongo lo hace por el lago de lava permanente de dos kilómetros de diámetro que vive en su cráter. De noche, ese lago tiñe el cielo de rojo desde la cumbre. Es el más grande del planeta… y está activo.
El volcán se levanta a 3.470 metros en el Parque Nacional de Virunga, en el este de la República Democrática del Congo, a 20 kilómetros de la ciudad de Goma.
La ruta parte del puesto de guardabosques de Kibati, a 1.870 metros, y sube 6,5 kilómetros a través de cinco tramos claramente diferenciados.
El primero transcurre por un bosque denso, donde los guardabosques señalan la presencia de chimpancés y colóbidos entre la vegetación. Un buen preámbulo para la aventura que sigue.
Después el paisaje cambia bruscamente. Los árboles desaparecen y el sendero cruza campos de lava solidificada de erupciones anteriores, con fisuras en el suelo que aún emiten vapor sulfuroso. El último tramo asciende 300 metros de forma pronunciada hasta el borde del cráter.
El ascenso lleva entre cuatro y seis horas, pero la experiencia completa dura dos días.
Se sube por la tarde, se pernocta en los refugios de la cumbre a 3.470 metros y se baja al día siguiente al amanecer, cuando el lago de lava (que en la oscuridad brilla con una intensidad que cuesta describir) empieza a perder protagonismo frente a la primera luz. Eso, para muchos visitantes, es el momento.
La lava del Nyiragongo tiene muy bajo contenido en sílice y puede fluir a 97 kilómetros por hora cuando el volcán erupciona. En 1977, esa velocidad mató a cientos de personas en menos de veinte minutos. La historia del volcán forma parte del paisaje tanto como las rocas.
La visita requiere permiso del Instituto Congoleño para la Conservación de la Naturaleza (ICCN), con un coste aproximado de 300 dólares. La situación de seguridad en la región es variable (todos los grupos van escoltados por guardabosques armados) y debe consultarse antes de planificar el viaje.

2- Ol Doinyo Lengai, Tanzania: subir de noche el volcán más extraño del planeta
Desde lejos, el Ol Doinyo Lengai parece un cono volcánico convencional, perfectamente simétrico, que asoma sobre las llanuras del Valle del Rift con el lago Natron al fondo y los flamencos rosados que anidan en sus orillas.
De cerca, es otra cosa. Este volcán erupciona un tipo de lava que no existe en ningún otro lugar del mundo: natrocarbonatita, sin silicio, que fluye casi como el agua, que de noche brilla en tonos anaranjados apagados y que, al contacto con la humedad, se vuelve blanca.
Vista durante el día parece aceite negro enfriado. Vista de noche parece algo que no termina de encajar en ninguna categoría conocida.
La ruta sube 5,5 kilómetros en línea prácticamente recta desde la base, a 800 metros de altitud, hasta el borde del cráter a 2.962 metros.
El desnivel supera los 2.100 metros y la pendiente media ronda los 45 grados, con tramos más verticales cerca de la cumbre donde la ceniza suelta obliga a usar las manos. La tasa de abandono aquí es mayor que en el Kilimanjaro, un volcán que duplica en altura a este pero que tiene la fama.
El ascenso se hace de noche, saliendo cerca de la medianoche, para evitar las temperaturas del desierto que en la base superan los 40 grados, y para llegar a la cumbre con el amanecer.
El descenso (que muchos consideran más difícil que la subida por lo resbaladizo del terreno de ceniza suelta) se hace con la luz del día.
La recompensa en el cráter, con el lago Natron extendido abajo y el Kilimanjaro al fondo en los días claros, justifica las horas de oscuridad. No es una ruta apta para todos, pero sin duda, la experiencia es difícil de igualar.
El volcán está a unos 120 kilómetros al noroeste de Arusha. Se necesita vehículo de tracción total para llegar a la zona y un guía local maasai para el ascenso. La mejor temporada son los meses secos, de enero a febrero y junio a octubre.

3- Kawah Ijen, Indonesia: fuego azul a medianoche en el lago más ácido del mundo
El Kawah Ijen tiene el lago de ácido sulfúrico más grande del planeta.
Con aproximadamente un kilómetro de diámetro, un pH cercano a cero y una coloración que va del turquesa al verde esmeralda según la concentración de azufre, nada vive en él.
Si alguien cayera al interior, no tardaría en disolverse. El contraste entre esa belleza visual y lo que representa es parte de lo que hace a este volcán difícil de olvidar.
La ruta parte del campo base de Paltuding, en el extremo oriental de Java, a 1.800 metros de altitud, y asciende durante dos o tres horas hasta el borde del cráter a 2.386 metros.
El sendero es de tierra compacta y pronunciado en varios tramos, con gases sulfurosos que se vuelven más intensos a medida que se gana altura. Quienes bajan al interior del cráter (45 minutos adicionales de descenso) necesitan mascarilla.
Los mineros de azufre que trabajan ahí desde hace generaciones, cargando hasta 90 kilogramos en cestas de bambú, hacen ese mismo descenso todos los días, sin protección y por una paga que no justifica el esfuerzo.
Más allá de esta historia, el fenómeno que convierte al Kawah Ijen en una ruta singular es el fuego azul. Cuando el gas sulfuroso se inflama a temperaturas de hasta 600°C, de las grietas del cráter brotan llamas de color eléctrico. La postal parece casi surrealista.
Solo son visibles en la oscuridad total, lo que convierte en la opción habitual comenzar la caminata a medianoche. Verlas requiere paciencia, algo de frío y estar dispuesto a compartir el espectáculo con los mineros que pasan a centímetros cargando sus cestas hacia la salida.
Desde el extremo oriental de Java, el volcán es accesible en transporte organizado desde Bali o como parte de un recorrido por el este de Java combinado con el monte Bromo.

4- Volcán Pacaya, Guatemala: lava accesible a menos de una hora de Ciudad de Guatemala
En Guatemala existen más de 200 estructuras de origen volcánico y 37 volcanes reconocidos oficialmente. Un número elevado para un país relativamente pequeño. No es de extrañar: Guatemala se sitúa en el Cinturón de Fuego del Pacífico.
De sus muchas opciones, destaca el Pacaya.
No tiene la fama del Acatenango ni la espectacularidad del Fuego, pero tiene algo que ninguno de los dos puede ofrecer: lava accesible, a menos de 50 kilómetros de Ciudad de Guatemala, en una ruta que cualquier persona con buena condición física puede completar.
Es uno de los volcanes más activos de Centroamérica y ha entrado en erupción decenas de veces durante el último siglo.
La ruta principal parte de la entrada de San Francisco de Sales, en el departamento de Escuintla, y combina tramos de bosque con campos de lava solidificada de erupciones recientes.
El ascenso dura unas tres horas y el descenso unas dos, con un nivel de dificultad moderado. Cerca de la cumbre, las fumarolas irradian calor a pocos centímetros de la superficie y la roca suena diferente bajo los pies: hueca en algunos puntos, lo que da una idea bastante concreta de lo que hay debajo.
En períodos de baja actividad, los flujos de lava más recientes todavía mantienen temperatura bajo la costra solidificada.
Desde arriba, en días despejados, se ven los volcanes Fuego, Agua, Acatenango y el lago Amatitlán.
La mayoría de las excursiones organizadas salen desde Antigua Guatemala, a unos 35 kilómetros, y el coste es bajo en comparación con otros destinos volcánicos del mundo. La mejor temporada es entre noviembre y abril, durante la estación seca.

5- Volcán Villarrica, Chile: glaciar, azufre y araucarias milenarias en la Araucanía
El Villarrica erupciona. No de manera anecdótica ni en el pasado remoto. Su última erupción significativa fue en marzo de 2015, cuando expulsó columnas de lava y ceniza visibles desde decenas de kilómetros a la redonda.
En su cráter hay un lago de lava de actividad permanente. Que una ruta de senderismo suba hasta su borde, con crampones y piolet, es una de las experiencias volcánicas más directas del continente.
El volcán se alza a 2.847 metros en la región de la Araucanía, dentro del Parque Nacional Villarrica, a pocos kilómetros de la ciudad de Pucón.
El ascenso completo (ida y vuelta) dura unas siete horas y se realiza obligatoriamente con guía certificado y equipamiento técnico de alta montaña: crampones, piolet y casco.
Desde los 1.400 metros, el recorrido cruza nieve y glaciar hasta que la roca volcánica negra toma el relevo y el olor a azufre se instala en el aire. En el borde del cráter, con buena visibilidad, el fondo del lago de lava es visible.
La temporada habitual de ascenso va de octubre a mayo. No obstante, las condiciones meteorológicas en los Andes patagónicos cambian con rapidez y la ruta puede cerrarse sin previo aviso cuando la actividad volcánica supera los umbrales establecidos por el Servicio Nacional de Geología y Minería de Chile.
En las faldas del volcán, antes de que empiece la nieve, los bosques de araucarias (árboles que pueden superar los 1.000 años de vida) dan al recorrido un contexto que pocas rutas de alta montaña tienen. Caminar entre ellos, sabiendo lo que espera arriba, es parte de la experiencia.

El monte Fuji recibe más de 300.000 senderistas cada temporada estival. El Etna tiene acceso en teleférico hasta los 2.500 metros. El Kilimanjaro mueve una industria de trekking tan consolidada que sus rutas tienen nombres, refugios con literas y porteadores que conocen cada piedra del camino.
Son experiencias válidas, pero el volumen de personas que las transita ha cambiado su naturaleza: subir el Fuji en agosto es, en buena parte, hacer cola en una montaña.
Los cinco volcanes de esta lista no tienen ese problema, y no porque sean menos interesantes.
Lo que los diferencia no es solo la ausencia de multitudes. Es que en ninguno de ellos el paisaje ha sido domesticado para facilitar la visita. La ruta es exigente, el entorno es hostil en distintos grados y el esfuerzo no es menor.
Eso, para quien busca algo más que una cumbre con selfi, es exactamente el punto.
