Hay pueblos que presumen de su vino, de su catedral o de su queso. Trasmoz, en la provincia de Zaragoza, presume de algo muy distinto: de llevar más de 700 años fuera de la Iglesia.
Y no solo eso: desde 1511 pesa sobre él una maldición solemne que, según se cuenta, nadie ha levantado. Lo curioso es que a sus vecinos, lejos de espantarlos, les ha dado fama, visitantes y una identidad propia.
Trasmoz está en las faldas del Moncayo, la montaña más alta del Sistema Ibérico, a pocos kilómetros del monasterio cisterciense de Veruela. Hoy viven allí menos de cien personas. Pero en la Edad Media, su situación era muy particular: el señorío era una especie de isla laica, rodeada de tierras pertenecientes a los monjes.
Esa vecindad explica casi todo. El origen de la maldición no tiene nada de sobrenatural. Es una historia de intereses, de leña y de agua.
La excomunión del siglo XIII: una pelea por la leña
El conflicto empezó a mediados del siglo XIII (entre 1252 y 1255).
El abad de Veruela discutía con los vecinos por el uso de la leña del monte de la Mata, que abastecía a los pueblos de la zona y al propio monasterio. Además, el señorío de Trasmoz no pagaba tributos al monasterio.
El abad logró que la Iglesia excomulgara al pueblo entero. No hubo hechicería ni pactos con el diablo: fue una disputa por recursos, resuelta con la sanción más severa que la época conocía.
1511: el agua y la maldición
Dos siglos y medio más tarde, el enfrentamiento volvió a estallar, esta vez por el agua.
Los monjes desviaron el cauce que abastecía a la villa. El señor de Trasmoz, Pedro Manuel Ximénez de Urrea, llevó el caso a las Cortes de Aragón, y el rey Fernando el Católico le dio la razón.
La respuesta del abad fue la que dio origen a la leyenda. Con el permiso del papa Julio II, pronunció una maldición solemne contra el señor del lugar, sus descendientes y todo el pueblo. La tradición cuenta que cubrió el crucifijo con un velo negro, recitó el salmo 108 y marcó cada frase con el sonido de una campana.
Según la tradición, desde entonces ni la excomunión ni la maldición se han levantado formalmente. Por eso se repite que Trasmoz sigue siendo, en rigor, un pueblo maldito.
El castillo, las brujas, Bécquer y la Tía Casca
Sobre una roca, en el extremo del pueblo, se alza el castillo de Trasmoz, que desde el siglo XII perteneció a la Corona de Aragón y a varias familias nobles afines a los reyes. Con los siglos, la construcción acumuló fama de lugar de aquelarres.
Hay una explicación menos misteriosa. Algunos historiadores sostienen que en el castillo se falsificaba moneda y que el rumor de brujas servía para mantener alejados a los curiosos. Es decir, tal vez no eran hechiceras, sino falsificadores con buen olfato publicitario.
La leyenda se volvió literatura en la década de 1860. El poeta Gustavo Adolfo Bécquer se alojó en el monasterio de Veruela para recuperar la salud y escribió tres cartas sobre Trasmoz y su castillo, incluidas en Desde mi celda. Allí aparece la Tía Casca, la bruja más famosa del lugar, a la que, según la tradición, los propios vecinos despeñaron.
Bécquer también recogió otra historia: la del castillo que, según la leyenda, levantó un nigromante en una sola noche.

Trasmoz, un pueblo que prefiere seguir maldito
Quizás lo más llamativo es la actitud actual de los vecinos. Cuando se planteó pedir la absolución, votaron en contra. En la práctica, la excomunión casi no cambia nada: se siguen celebrando misas, y el pueblo ha convertido su fama en una seña de identidad.
Cada año, el primer sábado de julio, se organiza la Feria de la Brujería y las Plantas Medicinales, que reúne a miles de visitantes. El evento incluye un desfile por las calles del pueblo encabezado por la Bruja del Año y la Bruja de Honor, escoltadas por el Yerbero de Trasmoz y otros personajes típicos. Hay también exhibiciones de magia y cetrería, combates de espada y representaciones de la captura y tortura de brujas.
El castillo acoge, además, el Museo de la Torre, el Caballero y la Brujería, donde se exhiben objetos hallados en las excavaciones.
Ya en otoño, en torno al día de Todos los Santos, la asociación cultural El Embrujo de Trasmoz organiza la Luz de las Ánimas, una jornada con calabazas iluminadas, una procesión hasta el cementerio, un recorrido de terror por las calles y una queimada de madrugada.
Cómo visitarlo
Trasmoz está a poco más de una hora en coche de Zaragoza y es una parada natural dentro de una ruta por el Moncayo.
Lo más práctico es combinarlo con el monasterio de Veruela, fundado en 1146, y, a pocos kilómetros, con el Parque Natural del Moncayo y con la ciudad de Tarazona.
El horario del castillo y del museo varía según la temporada y los eventos, así que conviene consultarlo antes de ir. Para vivir el ambiente completo, lo ideal es elegir una fecha con actividades: la feria del verano o la Luz de las Ánimas.
Una maldición con buena prensa
La historia de Trasmoz muestra que una sanción pensada para aislar a un pueblo terminó dándole su principal atractivo.
Después de siete siglos, el castigo sigue ahí. Pero ya nadie lo vive como una condena, sino como el rasgo que hace único a este rincón del Moncayo.













